domingo, noviembre 05, 2006

Here Is Where I Cross My Fingers


Un rayito de sol despuntaba en mis ojos, recordándome que había llegado el día. El televisor seguía sin funcionar, lo supe porque de vez en cuando trató de sintonizar a ver si encontraba algo que capturara su atención. Busqué cobijo en la oscuridad, pero las luces seguían encendidas, me lamenté sin sentido por el deseo de algo que nunca fue. Sin embargo, traté de equilibrar mis ánimos entre luces y sombras, sintiéndome feliz de haber sido una mácula más sobre el lienzo que servía de tapa al amable y acolchado testigo de aquella noche. Al que hay que agradecerle que sea sordomudo. Soportó toda nuestra charla, vivió parte de nuestros sueños, no sintió celos cuando su mano entrelazaba la mía, que sostenía ilusiones rídiculas mientras me pedía que le mirara a los ojos…

Y entre besos, abrazos, tactos, contactos, se erizaba mi piel, perdimos el olfato, olvidaba mis sueños, se congelaba mi Fénix, lo miraba a los ojos y luego al ombligo.

Cuando llegó a aquel sitio, donde viven los recuerdos confusos de fantasmas calmados, ciegos, rezando por la eternidad, empezaron a tropezarse unos con otros y subieron como locos a mi mente. La expectativa de un día perfecto. Travestí mi alma, y preferí seguir sintiendo que estaba viviendo la vida de alguien más, un alias, sin identidad, cambiando las intenciones rotas por unas mejores…

Cierro los ojos y sigo recordando esta nueva mirada, que reflejaba la necesidad de ser protegido, de sentir, de utilizarme, de hacerme sentir. Y si ya no había esperanza en mí, no lo pensé, nos abrazamos y me permití creer que la había en él.

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